El maldito sexo

Maldito sea el sexo que nos consume… o bendito, más bien, dirán muchos. Es difícil comprender por qué todo en este mundo se mueve alrededor de dos grandes motores: el dinero y el sexo. Si nos ponemos sentimentales podríamos incluir el amor pero, seamos crudos y realistas, el amor no es una potencia, al menos no aún.

Entonces resulta que el dinero te da poder, casi infinito, tanto poder como dinero tenga en las cuentas bancarias, tantas influencias como dinero tenga para pagarles. Y luego, luego está el sexo, el maldito sexo, mueve el mundo aceptémoslo, maldito.

Todos lo aman, todos lo buscan desesperadamente, muchos se conforman con tenerlo a un click o a un toque del celular, bajando un video, pidiendo una foto a una amiga virtual que ante su necesidad de aceptación accede a enviar algo con poca ropa o tal vez  algo más explícito. Eso será lo más cercano al Dios Sexo a lo que podrán llegar algunos.

Adoran todo sobre él: su olor, su sabor, cómo se escucha, cómo se ve idealizado gracias a su hijo predilecto Hugh Hefner, las mil y una posiciones que nunca practicarán pero que aún así leen por aquello, la música que lo evoque ¡puta! ¿Qué no aman del sexo?

Yo sé, o al menos creo haber encontrado lo que la gente no ama del sexo aparte de obviamente no tenerlo. Todos odian ponerle cara, nombre y apellidos, y no inmiscuyamos acá temas maritales, porque al parecer ese es el único conjunto de cara, nombre y apellidos que se le puede poner de manera legal y libre de todo pecado. Por eso los caballeros no tienen memoria, ni las damas tienen pasado, porque nadie quiere una etiqueta en la frente que diga “ya tuve sexo con fulano”, muy mal visto.Fotografía Cástor Villar

¿Por qué si aman tanto el sexo no les gusta reconocerlo en su día a día? Esto se ejemplifica tan simple como aquel (aquella) joven de buen parecer, profesional, buena familia, con un futuro prometedor. Todo un buen partido para quien sea inteligente y logre atrapar ese espécimen en peligro de extinción, según muchas bocas en el mundo (aunque yo soy optimista sobre eso), lenguas filosas que gustan alimentarse de la vida de los demás… Hasta que sale a la luz cualquier cosa que lo pueda relacionar con sexo (como si todos en este mundo fuéramos seres asexuados): un video pornográfico en su computadora, un “acostón” con alguien de la oficina, que pagó una prostituta, que le gusta el sado y la dominación, etc. Póngale lo que quiera.

Se nos caen las medallas si hablamos de sexo con alguien que no es de confianza y si lo hacés es porque sos un pervertido liberal o porque #FelicidadesTeLaQuierenMeter. Si salís con alguien que “promete” y el sexo y la química te juegan una mala pasada de inmediato vales menos, pasas al mercado de lo usado y ya no sos elegible como una potencial pareja.

El sexo saca nuestras más profundas y “oscuras” (¿de verdad son oscuras?) intenciones, secretos, historias; nos tacha, nos etiqueta. ¿Por qué? ¿Por qué no tomarlo como parte de la vida que todos tenemos, como un todo y aceptar que las implicaciones sexuales en la vida de una persona no le resta en otras áreas de su vida, que no le hace mejor o peor persona tener más o menos sexo, más o menos diferente que el que el promedio tiene? Por dejarse llevar, por disfrutar el momento no merece menos respeto. Cómo nos va a costar liberarnos de una vez de esas centurias de reforzamiento y las mil cadenas de tabús que nos tienen atados a no vivir con paz algo que es tan natural como respirar.

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