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Cotidiano & Relaciones

La trampa de la expectativa

Me parece curioso ver la forma en que se desarrolla el “mundo de las citas”. Ese lugar en el que los solteras y solteros buscan casi con desesperación a alguien que cumpla sus expectativas para iniciar ese cuento de hadas que todos anhelan (y que aún nadie me ha comprobado que exista).

Viendo desde lejos, y tal vez detallando lo necesario, se notan algunos fenómenos: Gente que en espera de encontrar el amor de su vida prueba con cada intento de pretendiente que se aparezca “para ver qué pasa”, y terminan peor de lo que empezaron. Con cada nueva pareja planifican su vida aunque sólo tengan 24 horas de relación. Estas personas ni siquiera se dan el tiempo de pensar realmente qué tipo de persona quieren en su vida para poder compartirla; entregándose a totalidad sin distinción ni razón y esperando recibir lo mismo por arte de magia.

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Luego están aquel y aquella cuyas expectativas sobre esa persona son en exceso altas. Piden una lista de requisitos igual o superior a la de un banco para acceder a un crédito, y si el o la afortunada cometen un error, la patada que les van a dar será digna de un récord Guiness. Estos llenan su cabeza de ideas irreales sobre alguien que solamente es un ser humano como él o ella y que difícilmente va a reunir todo lo que ellos creen que necesitan en el otro para ser felices, sólo porque en su mente existe esa idea, cómo sí la gente se mandara a hacer para el bienestar de otro o estuviera obligada a cumplir con sus ideales. Esperan que su pareja sea un tipo de súper héroe que les va a solucionar la existencia a través de sus múltiples capacidades sociales, amorosas, sexuales, cognoscitivas y, muy probablemente, económicas.

Al final lo importante, lo real, es que uno no puede dejar de tener una idea de lo que quiere en una pareja, pero de eso a cualquiera de los dos extremos mencionados es mejor irse con cuidado ¡A ver! Busquemos seres humanos, que al fin y al cabo eso es lo que todos somos, imperfectos seres humanos, y en lugar de exigirle a un segundo características superiores, pensemos si nosotros estaríamos con alguien como nosotros mismos o si tan sólo estaríamos dispuestos a cambiar por la exigencias de una pareja hacia nosotros.

Cotidiano & Relaciones

El maldito sexo

Maldito sea el sexo que nos consume… o bendito, más bien, dirán muchos. Es difícil comprender por qué todo en este mundo se mueve alrededor de dos grandes motores: el dinero y el sexo. Si nos ponemos sentimentales podríamos incluir el amor pero, seamos crudos y realistas, el amor no es una potencia, al menos no aún.

Entonces resulta que el dinero te da poder, casi infinito, tanto poder como dinero tenga en las cuentas bancarias, tantas influencias como dinero tenga para pagarles. Y luego, luego está el sexo, el maldito sexo, mueve el mundo aceptémoslo, maldito.

Todos lo aman, todos lo buscan desesperadamente, muchos se conforman con tenerlo a un click o a un toque del celular, bajando un video, pidiendo una foto a una amiga virtual que ante su necesidad de aceptación accede a enviar algo con poca ropa o tal vez  algo más explícito. Eso será lo más cercano al Dios Sexo a lo que podrán llegar algunos.

Adoran todo sobre él: su olor, su sabor, cómo se escucha, cómo se ve idealizado gracias a su hijo predilecto Hugh Hefner, las mil y una posiciones que nunca practicarán pero que aún así leen por aquello, la música que lo evoque ¡puta! ¿Qué no aman del sexo?

Yo sé, o al menos creo haber encontrado lo que la gente no ama del sexo aparte de obviamente no tenerlo. Todos odian ponerle cara, nombre y apellidos, y no inmiscuyamos acá temas maritales, porque al parecer ese es el único conjunto de cara, nombre y apellidos que se le puede poner de manera legal y libre de todo pecado. Por eso los caballeros no tienen memoria, ni las damas tienen pasado, porque nadie quiere una etiqueta en la frente que diga “ya tuve sexo con fulano”, muy mal visto.Fotografía Cástor Villar

¿Por qué si aman tanto el sexo no les gusta reconocerlo en su día a día? Esto se ejemplifica tan simple como aquel (aquella) joven de buen parecer, profesional, buena familia, con un futuro prometedor. Todo un buen partido para quien sea inteligente y logre atrapar ese espécimen en peligro de extinción, según muchas bocas en el mundo (aunque yo soy optimista sobre eso), lenguas filosas que gustan alimentarse de la vida de los demás… Hasta que sale a la luz cualquier cosa que lo pueda relacionar con sexo (como si todos en este mundo fuéramos seres asexuados): un video pornográfico en su computadora, un “acostón” con alguien de la oficina, que pagó una prostituta, que le gusta el sado y la dominación, etc. Póngale lo que quiera.

Se nos caen las medallas si hablamos de sexo con alguien que no es de confianza y si lo hacés es porque sos un pervertido liberal o porque #FelicidadesTeLaQuierenMeter. Si salís con alguien que “promete” y el sexo y la química te juegan una mala pasada de inmediato vales menos, pasas al mercado de lo usado y ya no sos elegible como una potencial pareja.

El sexo saca nuestras más profundas y “oscuras” (¿de verdad son oscuras?) intenciones, secretos, historias; nos tacha, nos etiqueta. ¿Por qué? ¿Por qué no tomarlo como parte de la vida que todos tenemos, como un todo y aceptar que las implicaciones sexuales en la vida de una persona no le resta en otras áreas de su vida, que no le hace mejor o peor persona tener más o menos sexo, más o menos diferente que el que el promedio tiene? Por dejarse llevar, por disfrutar el momento no merece menos respeto. Cómo nos va a costar liberarnos de una vez de esas centurias de reforzamiento y las mil cadenas de tabús que nos tienen atados a no vivir con paz algo que es tan natural como respirar.

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